CDMX a 8 de septiembre de 2026
Bajé ya pensando en los mil pendientes que tenía que resolver antes de que terminara el viernes, cuando de pronto una mano se extendió frente a mí para darme un café listo para llevar, con la espuma todavía saliendo del vaso.
Levanto la mirada siguiendo el brazo y me doy cuenta de que es un gigante con barba y una de las sonrisas más amables que he podido apreciar en esta vida.
Se llama Erik.
Erik me lleva al aeropuerto de Tijuana y, platicando, me pregunta, como todos, si es mi primera vez en la ciudad.
Vuelvo a responder que sí.
La conversación es de esas donde la comodidad es inmediata. Sencilla, placentera. Y casi de inmediato se pone a contarme tres cosas raras de Tijuana.
La primera: un avión de pasajeros que apareció de repente en el estacionamiento de una universidad, allá arriba, en una loma.
—¿Un avión? —pregunto con duda y curiosidad.
Sí.
Me lo muestra al pasar. Tiene la cola roja.
—¿Cómo rayos llegó hasta allí? Evidentemente no aterrizó.
Le doy un sorbito al café mientras mi mente se imagina todas las variables de cómo pudo llegar ese avión allí y él me dice que nadie sabe.
La segunda es la casa de la Mona.
Esa sí. De las cosas más extraordinarias e intrigantes que he visto en mis viajes.
Erik detiene la marcha, yo le doy otro sorbito al café y siento la necesidad de bajarme a ver a la Mona y tomarle una foto. Platicamos un par de minutos sobre ella.
Una mujer gigante que es casa. Yo la veo y pienso que es una mezcla entre sirena, Medusa y Eva echada del paraíso.

Está allí, la Mona vuelta casa.
Se me ocurre que tal vez es una metáfora de cómo las mujeres somos hogar. No lo sé. Tendré que regresar nomás a ver qué historia hay detrás de esa casa Mona.
Y viene la tercera.
Erik me cuenta que en Tijuana hay un letrero que pueden leer quienes entran a México, por voluntad propia o porque fueron echados del otro lado:
Bienvenido a México. Aquí comienza la patria
Esa me dio un vuelco en el corazón.

Le doy otro sorbito al café —ay, qué café tan rico, pienso— y Erik sigue contando.
Dice que Tijuana es una ciudad joven, multicultural. Una especie de pequeña Ciudad de México, Los Ángeles o casi Nueva York. Que mucha gente que no alcanza el sueño americano se queda aquí, forma una familia y echa raíces. Que les va bien. Que hay prosperidad.
Percibo orgullo en él y se me eriza la piel.
¡Qué cosa más linda!
Y entonces caigo en cuenta de algo.
Todos han sido muy amables conmigo. Pero amables de verdad.
Con una actitud de servicio honesta. Sonríen, te extienden la mano, te presentan a alguien, buscan cómo ayudarte. Sonríen mientras trabajan.
Me acordé de Hazel, uno de los meseros que nos atendió en una comida organizada por Canacintra Tijuana el día anterior. También estaba Isaac y otros cuyos nombres no alcancé a leer en las plaquitas colgadas al pecho en sus camisas de trabajo, pero que fueron igualmente amables.
Y me pongo a pensar: ¿qué rayos hace uno viajando para turistear y buscando oportunidades de negocio por todos lados cuando en México hay tantas por aprovechar?
Y además te tratan así.
Vine a Tijuana para participar en la Cumbre Tijuana Industrial, organizada por Canacintra Tijuana.
La Cumbre fue un éxito rotundo.
Empresarios, autoridades y expertos hablando de visión de futuro, de reindustrialización, del T-MEC, de certeza jurídica para las inversiones y, sobre todo, de cómo construir las capacidades que México necesita.
Pero no solamente se habló. Había negocio.
Y no hablo solamente de percepciones. Diez empresas tractoras participaron en encuentros B2B, se realizaron alrededor de 170 citas y se pusieron sobre la mesa requerimientos de compra cercanos a los 200 millones de dólares.
Así que mientras unos hablábamos de cómo construir industria, en las mesas de al lado había gente tratando de construirla.
También me gustó escuchar a empresarios locales hablar bien de la disposición de sus autoridades para trabajar con ellos.
Deduzco entonces que en Tijuana hay oportunidades, industria, mercado, ubicación privilegiada, talento. Y hay ganas.
Y mientras Erik sigue contándome cosas de Tijuana, de su familia con orígenes de Sonora y Jalisco, pienso que hay otra variable de la que hablamos muy poco cuando discutimos sobre competitividad y atracción de inversiones.
La gente.
Cuando uno llega por primera vez a una ciudad buscando oportunidades de negocio, ve con ojos matemáticos los números y las posibilidades.
Yo hago exactamente lo mismo. Mercado, infraestructura, costos, talento, logística, proveeduría, incentivos, certeza. Todo importa.
Pero después de los números, inevitablemente me surge otra pregunta, interna y silenciosa. Y esa pregunta no cabe en una tabla de Excel. ¿Quiero trabajar con esta gente?
Estamos tan habituados a hablar de las empresas como si fueran entes abstractos que a veces olvidamos algo muy sencillo: somos las personas quienes les damos vida.
Solemos decir que una empresa decidió invertir, que una compañía eligió instalar una planta o que un fondo decidió apostar por un proyecto.
Sin embargo, las empresas no se sientan a negociar. Las personas sí.
Al final, somos personas haciendo negocios con personas. Los números pueden decir que el negocio funciona, pero hay algo que no aparece en ellos: querer sentarte con el otro a construirlo.
Esa sensación de sentirte bien recibido, de que puedes confiar. Encontrar a alguien dispuesto a abrirte una puerta, presentarte a otra persona, resolver un problema o simplemente sentarse contigo a imaginar qué podrían construir juntos.
Tal vez deberíamos empezar a considerar la calidez humana como parte de la infraestructura para atraer negocios e inversión.
3 cosas que comprendí en el 5º Congreso de Mujeres Industriales CANACINTRA
Incluso como una ventaja competitiva.
Comprendo perfectamente que no sustituye carreteras, energía, seguridad, talento, certeza jurídica ni política industrial. Pero las complementa.
Para mí, la calidez puede construir confianza. La confianza construye relaciones. Y las relaciones también hacen negocios.
Eso también es hacer país.
Un empresario puede llegar por primera vez a una ciudad, ver con ojos matemáticos los números y las posibilidades, pero muchas veces lo que termina cerrando el trato son los Erik y los Hazel.
Los que con su actitud de servicio, una sonrisa honesta, una presentación o un café te hacen sentir que puedes confiar en un lugar porque hay gente como ellos respaldándolo.
Y de eso, en México tenemos mucho.
Quizá tanto, que nunca lo hemos visto como una ventaja competitiva.
Yo regreso en 15 días.
Y esta vez me voy a regalar un par de días extras para sentarme con la gente de Canacintra a platicar de oportunidades de negocio y conocer un poco más Tijuana.
Así que algo deben estar haciendo bien.
Encontré industria, oportunidades y gente con quien quiero sentarme a hacer negocios.
Y además, Erik me dio café.
Y me recordó que allí comienza la patria.

Por si van a Tijuana…
Les dejo algunos datos y recomendaciones que me traje del viaje, por si después de leer esto también les dieron ganas de conocer Tijuana, hacer negocios o, cuando menos, averiguar qué rayos hace una Mona gigante convertida en casa.
Si van por negocios: acérquense a Canacintra Tijuana. Después de conocerlos, yo sí lo haría. Tienen una comunidad empresarial muy activa y una clara vocación por generar conexiones y oportunidades.
Si quieren conocer más sobre lo que está haciendo Baja California para atraer inversión: les recomiendo conocer el trabajo de Kurt Honold, secretario de Economía e Innovación del estado. Aquí está su perfil oficial.
Y para los curiosos, investigué las tres rarezas que me contó Erik:
El avión de la universidad no apareció por arte de magia. Es un Boeing 737-3TO, matrícula EI-DNZ, que fue trasladado para utilizarse con fines académicos en el Instituto Tecnológico de Tijuana. Aquí pueden conocer la historia del traslado del Boeing 737.
La Mona sí existe y vale la pena conocer su historia. Es esa enorme mujer-casa que me dejó intrigada y con ganas de regresar. Aquí encontré más sobre La Mona.
Sobre “Aquí comienza la patria”: encontré información distinta a la forma en que Erik me lo contó. Yo decidí conservar en la columna su relato porque así sucedió nuestra conversación. Hay una referencia a la frase en la Avenida Revolución, en la Zona Centro de Tijuana. Así que esto también lo dejo en mi lista de pendientes para el próximo viaje.
Y dos lugares donde comí delicioso: Palermo, cocina italiana, con una terraza lindísima y un enorme árbol de jacaranda que hace que den ganas de alargar la comida. En Instagram: @palermo.cucina.
Y Oryx, alta cocina CaliBaja y parte de la selección de la Guía Michelin.
También extraordinario servicio. En Instagram: @oryxrestaurante.
Son mis recomendaciones de una primera visita bastante corta. Regreso en 15 días, así que seguramente la lista crecerá.

