CDMX a 27 de mayo de 2026
Esta vez hice algo distinto: me quedé.
Me permití vivir el congreso completo. Decidí dejar agenda de lado y regalarme el tiempo para quedarme en el congreso completo. Por primera vez en mucho tiempo, decidí desconectarme un poco de la operación diaria y quedarme como visitante.
“A ver qué aprendo”, me dije.
Y aprendí. Mucho.
El 5º Congreso de Mujeres Industriales CANACINTRA se realizó en Manzanillo, Colima. Debo confesar algo antes de continuar: probablemente nunca había sentido tanto calor. Ese calor que hasta juras que puedes verlo, que se instala en la piel, en el cabello, en la ropa, en las conversaciones. Un calor que aunque al principio incomoda, después, curiosamente, también nos iguala.
Y es que en algún momento se vuelve imposible siquiera fingir compostura. Todos —excepto, quizá, los de Colima, que parecían tener un pacto secreto con el clima— estábamos igual: pegostiosos de la piel, abanicándonos como podíamos, buscando sombra, agua, aire, pausa.
Y quizá eso terminó siendo parte del éxito del Congreso: el calor nos quitó solemnidad. Nos volvió más humanos y nos regaló el espacio para vernos como somos.
De esos dos días me traje muchas conversaciones, abrazos, ideas y posibilidades. Pero, sobre todo, me llevé tres comprensiones.

La primera: la calidez también es infraestructura.
Cuando hablamos de instalar negocios, solemos pensar en carreteras, puertos, energía, seguridad, incentivos, logística, talento, tierra industrial. Y claro que todo eso importa. Sin embargo, a veces olvidamos un activo profundamente poderoso: la calidad humana de un territorio.
Colima tiene algo especial.
Tengo el privilegio de ser bien recibida en muchos lugares, pero hay sitios donde la calidez humana tiene otro nivel. Colima es uno de ellos. Si hoy me preguntaran cuál es uno de sus principales atractivos para instalar un negocio, no empezaría por sus cifras. Empezaría por su gente.
Porque las empresas están formadas por personas. Y las personas compramos personas. Compramos confianza, valores, formas de ver la vida, maneras de resolver, sensibilidad, compromiso. Esa es una buena base para comenzar a construir negocio.
La conexión es prácticamente inevitable cuando sentimos que del otro lado hay una visión compatible con la nuestra.
Uno de mis libros favoritos es Sapiens: De animales a dioses de Yuval Noah Harari. En el se plantea una idea fascinante: los seres humanos logramos colaborar en grandes escalas porque somos capaces de creer en relatos compartidos. No colaboramos solamente porque tengamos intereses individuales; colaboramos porque podemos creer juntos en algo que nos trasciende: una nación, una empresa, una causa, una institución, una marca, un proyecto de futuro.

Llevado al mundo empresarial, esto es demasiado relevante. Las alianzas más poderosas no nacen únicamente de un contrato, una cotización o una presentación ejecutiva. Nacen cuando dos o más personas descubren que creen en algo parecido. Que miran hacia una dirección compatible. Que comparten una ética, una ambición, una forma de entender el trabajo, el país y la posibilidad.
Creer en algo parecido es, muchas veces, la tierra fértil donde prospera la colaboración.
Y todos los que estuvimos allí, creemos en lo mismo: Construir país.
La segunda comprensión fue que la intimidad crea vínculos que el networking no puede fabricar.
A mí nunca me han gustado demasiado esos espacios diseñados explícitamente para “hacer networking”. Recuerdo que fui a uno hace muchos años, en mis inicios, y me pareció poco amable. Todos parecían abordarte de forma casi automática: venderte algo, darte una tarjeta, conseguir algo de ti.
Y no quiero sonar poco empática con ello. Si algo sé y comprendo bien es que todos estamos vendiendo algo. Vivimos en un mundo comercial. Todo el tiempo estamos vendiendo y comprando productos, servicios, ideas, visiones, posibilidades.
No obstante, las formas importan.
Y eso es algo que hemos ido perdiendo.
No es lo mismo acercarse a alguien con interés genuino que aproximarse como si la otra persona fuera únicamente una oportunidad comercial. No es lo mismo conversar que capturar. Y definitivamente, no es lo mismo vincularse que prospectar.
En ese sentido, el Congreso tuvo algo muy valioso: tiempo.
Dos días completos cambian la naturaleza de un encuentro. Ver a las mismas personas una y otra vez permite que sucedan pequeños espacios de confianza: un saludo en la mañana, una conversación en un pasillo, una coincidencia en una mesa, una pregunta después de una conferencia, una risa compartida durante la cena.
Para la cena de despedida, el nivel de conexión era evidente. Ya no éramos solamente asistentes de un evento. Éramos personas que se habían visto sudar, reír, escuchar, aprender, opinar, resistir el calor y volver al día siguiente con la misma disposición de estar ahí.
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Eso no se logra con una tarjeta de presentación. Es un logro de la convivencia.
Después de dos días de calor, conversaciones y encuentros repetidos, no estábamos haciendo networking, estábamos construyendo confianza.

Y la confianza no se improvisa. No se consigue con un mensaje de LinkedIn ni con un saludo apresurado. La confianza se construye y necesita presencia para ello. Se necesita tiempo compartido y vernos más de una vez para dejar de ser extraños.
A veces, para que una alianza nazca, no hace falta una gran mesa de negociación. Hace falta coincidir suficientes veces como para reconocer en la otra persona una posibilidad.
La tercera comprensión fue quizá la más importante: las mujeres industriales no estamos pidiendo espacio; estamos construyendo país. Y muchos hombres, por fin, quieren ser aliados reales.
En el Congreso hubo caballeros que pidieron estar allí y eso fue una agradable sorpresa. El congreso no fue entonces solamente un encuentro de mujeres. Se convirtió en una demostración de fuerza productiva, de comunidad empresarial y de voluntad colectiva. Ahí hubo empresarias y empresarios, directoras y directores, industriales, proveedores, constructoras, transformadores, líderes de cámara, el gran staff coordinador, mujeres y hombres que generamos empleo, administramos plantas, abrimos mercados, sostenemos empresas familiares, innovamos, resolvemos, pagamos nóminas, negociamos y nos levantamos todos los días a mover algo más grande que nosotros mismos.
Y eso importa, en el sentido de que durante demasiado tiempo se nos ha querido colocar a las mujeres en la conversación económica como una cuota, una excepción o una historia inspiradora. Sin embargo, las mujeres industriales no estamos en la conversación para adornarla. Estamos porque también somos estructura económica.
Y también importa decir que los hombres que estuvieron ahí no estaban invadiendo un espacio. Lo estaban acompañando. Lo estaban validando con su presencia, con su escucha y con su disposición a sumar.
Eso también habla bien de CANACINTRA y de los liderazgos que hicieron posible este encuentro. Recuerdo una frase que escuché de la Presidenta Lourdes: Canacintra es cuna de líderes. Y vaya que se notó en cada segundo del congreso.
La agenda de las mujeres industriales no debe ser una conversación aislada entre mujeres. Debe ser una conversación nacional. Una conversación productiva donde participen mujeres y hombres que entiendan que el desarrollo económico de México necesita más colaboración y menos simulación.

Hablando de oportunidades. La ampliación del Puerto de Manzanillo abre posibilidades enormes para Colima y para México. Con la ampliación se mueve también una posibilidad de futuro donde industrias como la logística, comercio exterior, manufactura, transporte, tecnología, infraestructura, energía, electromovilidad, servicios especializados, mantenimiento, proveeduría industrial y desarrollo regional tienen oportunidad de crecimiento acelerado.
Y nosotras como mujeres industriales, es ahí donde debemos estar. Protagonizando el progreso.
Volví del Congreso con tres certezas: que la calidez también construye economía; que la confianza necesita tiempo compartido; y que las mujeres industriales no somos una nota al margen del desarrollo nacional. Somos parte de su fuerza.
Y si los hombres caminan al lado, no al frente para sustituirnos ni atrás para observarnos, sino al lado para construir con nosotras, entonces la conversación deja de ser únicamente de género y se convierte en algo mucho más poderoso: una conversación de país.
En un mundo empresarial obsesionado con la velocidad, la eficiencia y los indicadores, el 5º Congreso de Mujeres Industriales CANACINTRA me recordó algo esencial: la industria también se construye desde la confianza, la calidez, la pertenencia y la visión compartida.
Reflexionemos que construir país no siempre se ve como una gran inauguración, una firma solemne o una fotografía oficial. A veces construir país se parece más a esto: mujeres y hombres reunidos durante dos días, compartiendo ideas, sudando juntos bajo el calor de Manzanillo, hablando de empresas, de familia, de industria, de futuro y de todo aquello que todavía podemos levantar cuando decidimos confiar unos en otros.
Ahora me siento feliz de haberme dado el espacio para quedarme.
Sé que seré una persona distinta después del congreso. Ahora tengo nuevos cómplices para continuar construyendo país. ¡Mis Canacintros!
Yo por lo pronto, los invito a visitar Colima y conocer todas sus oportunidades para hacer negocios. Vale la pena.


