CDMX a 28 de abril de 2026
Cuando uno ha vivido lo suficiente, empieza a sospechar de la coherencia. No de la coherencia profunda, la que es interna y que da forma al ser. Sospecha, más bien, de esa otra homónima. Coherencia domesticada que tienen rato vendiéndonos como buen gusto: la de las casas impecables, los cafés color avena, las oficinas grises, los hoteles sin memoria, los espacios donde todo parece haber sido diseñado para no incomodar a nadie y, en el intento, terminan por no decir absolutamente nada. Arquitectura y diseño sin alma, zombies absolutos sedientos de ti.
Hay una edad —o quizá una acumulación de experiencias, mudanzas, pérdidas, viajes, orgasmos, objetos y regresos— en la que uno entiende que vivir no consiste en combinar, y menos en encajar. Vivir consiste en haber sido atravesado por demasiadas cosas como para caber en una paleta cromática.
Lo vengo pensando hace tiempo, casi siempre frente a un montón de cuadros que me han acompañado entre casa y casa. Algunos llevan años esperando su lugar ideal, recargados contra las paredes, como huéspedes pacientes de una vida que todavía no termina de acomodarse. Me siguen hablando. Yo también les hablo. Han visto mudanzas, decisiones, cansancios, cenas, despedidas, comienzos. No son simplemente decoración: son cómplices de vida y testigos de mi evolución.
En la casa donde vivo ahora estoy por cumplir un año. Es una casa hermosa, sí, sin embargo, si le pusiera nombre se llamaría: Severa.
Severa tiene escaleras de cemento expuesto en bruto y sin pulir que recorren varios pisos. Severa; encajada en un pedacito de bosque tiene piedra volcánica en el jardín y en la cochera. Sus paredes blancas, pulidas, contrastan con tramos de cemento colado. Todo parece pedir silencio, líneas limpias, solo blanco y gris, sin interrupciones. Con esa estética tan celebrada hoy: la casa que parece galería, la oficina que parece render, el restaurante que parece haber sido pensado para una fotografía antes que para una conversación, o que ofrezca el escenario perfecto para el drama de ir y romper con alguien.
Y, sin embargo, allí estaban mis cuadros. Impertinentes. Coloridos. Andariegos. Incapaces de obedecer. Sin ponernos de acuerdo entre todos sobre cuál pared es la mejor para cada uno. El consenso terminó sin éxito y yo me quedé con la idea dando vueltas. Hasta hoy.
Hoy decidí colgar algunos. La tarea fue menos práctica que filosófica. Nada combinaba del todo. Nada entraba naturalmente en esa narrativa mineral, monocromática, impecablemente contenida de revista de Luxury Lifestyle.

Durante un momento sentí la tentación de ceder. Pensé en guardar una vez más lo que desentonaba, en limpiar la escena, en aceptar que quizá esta casa pedía otra versión de mí: más neutra, más elegante, más silenciosa.
Pero para lograrlo tendría que tirar mi historia a la basura.
Y eso ya no se puede.
No porque la historia sea siempre bella. Al contrario. La historia personal es un conjunto de objetos incompatibles: regalos que sobrevivieron a relaciones que no, piezas compradas en viajes que ya parecen pertenecer a otra vida, regalos, cuadros heredados, artesanías encontradas sin plan, libros subrayados con rabia, figuras compradas por impulso, colores que en algún momento nos salvaron de una tristeza. La vida real no se acumula con criterio editorial. Se acumula como puede.
Quizá por eso me inquieta tanto esta época obsesionada con la curaduría de uno mismo. Casas curadas, cuerpos curados, perfiles curados, emociones curadas. Hoy todo debe parecer congruente y sostener una estética. Todo debe caber en una narrativa vendible. Hasta el caos debe verse bonito. Hasta la autenticidad debe pasar por filtros y pasarse por Instagram.
Joder, ¡lo que menos tengo es ganas de ser instagrameable!
Por eso pienso que las tendencias adoptadas sin criterio pueden convertirnos en despojo sin virtud. Les creemos que la sofisticación viene con lo poco y silencioso, y le decimos adiós al color. Nos animan a “entender” que el neutro es madurez, que lo artesanal solo funciona si no interrumpe la armonía beige del conjunto. Nos quieren convincentes, no necesariamente vivos.
Yo, en cambio, desconfío de los espacios demasiado correctos. Me producen una especie de tristeza limpia. Hay algo en esas cafeterías cafés, en esos bares beige, en esas oficinas grises, que me hace sentir que la vida se escapa de a poco, sin hacer ruido, sin bailar. Sitios donde todo está destinado a encajar, donde incluso la conversación parece bajar la voz para no alterar la composición.
“El jefe ha muerto”
No creo que el problema sea el minimalismo, sino cuando le permitimos que se vuelva mandato moral. Cuando dejamos que la sobriedad se convierta en una forma de borrar lo que somos. Cuando para pertenecer hay que deshacerse de los objetos que cuentan de dónde venimos. Cuando nuestra casa, nuestro espacio más íntimo, exige una versión amputada de nuestra biografía.
Mis jaguares pintos de Juana la artesana chiapaneca me miran con desaprobación. Los imagino juzgándome, desde esa dignidad tan suya con la que los objetos hechos a mano se niegan a parecerse a los demás. Entiendo el mensaje: ¿por qué quieres encajar en ese mundo que te pide perder la esencia?
Tienen razón.
Hay objetos que no decoran: nos devuelven. Nos recuerdan que fuimos niños, viajeros, enamorados, rotos, tercos, exagerados, curiosos. Nos recuerdan que hubo una vez en que compramos algo no porque combinara, sino porque nos hizo sonreír. Porque nos habló. Porque en medio de un mercado, una calle, una feria o una ciudad desconocida sentimos una pequeña certeza: esto soy yo, aunque no sepa dónde ponerlo.
A mí me gusta el color. Me gustan las cosas que son como yo: incoherentes en apariencia, andariegas, ruidosas por dentro. Me gustan los objetos que no piden permiso, los cuadros que no obedecen al cemento, las piezas que obligan a una pared sería a recordar que también existe la fiesta. Me gustan los cachivaches que los manuales de estilo despreciarían porque no entienden que una casa no se viste solo para verse bien, sino para contener una vida, para contar la historia de sus habitantes.
Tal vez la verdadera elegancia no sea lograr que todo combine, sino conseguir que todo lo vivido pueda convivir sin pedir perdón.
Colgar un cuadro, entonces, puede ser una forma menor de resistencia frente a una época que insiste en simplificarnos, en reducirnos a zombies de pinterest. Colgar un cuadro hoy será mi acto doméstico contra la tiranía del beige. Una declaración íntima de mi memoria donde se exige tendencia. Elegir mi biografía antes que el algoritmo.
Un rato después …
Por fin colgué un cuadro. Un retrato mío a la entrada que gritará cada día: esta es la casa de Naza. Que le quede claro a estas paredes que aquí vivo, existo y domino yo.
Porque una casa sin contradicciones puede ser impecable, sí. Pero una casa con historia respira.
Y yo, a estas alturas, prefiero respirar.



