Una cosa es fabricar en México. Otra es crear desde México.

Reflexión sobre la diferencia entre ensamblar vehículos en México y desarrollar tecnología, marcas y capacidad industrial propia desde el país.
25 agosto, 2026
4 minutos de lectura
Ilustración de una mujer ingeniera de cabello rojo, casco de seguridad, chamarra de cuero y pantalón negro, con actitud confiada, superpuesta sobre una fotografía de autos eléctricos Zacua blancos, negros y rojos alineados dentro de una planta de ensamble.
Una cosa es fabricar en México; otra muy distinta es crear desde México.

CDMX a 12 de agosto de 2026

Hace unos días, mientras preparaba una entrevista para Al Jazeera, me hicieron una pregunta que se quedó dando vueltas en mi cabeza: si México es una potencia automotriz, ¿por qué nos ha costado tanto desarrollar vehículos y marcas propias?

No es la primera vez que me lo preguntan ni la primera vez que pienso en ello. Buscar una respuesta a esa pregunta es lo que me tiene hoy, con el agua hasta el cuello, intentando demostrar que las capacidades de las que hablamos los mexicanos realmente existen.

También es una conversación que aparece con frecuencia cuando participo en conferencias o viajo para hablar sobre electromovilidad. Dentro y fuera de México se reconoce nuestra capacidad para fabricar automóviles. Tenemos plantas de clase mundial, proveedores especializados, ingenieros, técnicos y una cultura industrial construida durante décadas.

Todo eso es real y debemos sentirnos orgullosos

No obstante, también he aprendido que fabricar un automóvil y desarrollar uno son procesos distintos.

Muchos de los vehículos que salen de las plantas mexicanas fueron concebidos en otros países. Las decisiones sobre su plataforma, diseño, tecnología, propiedad intelectual y estrategia comercial se tomaron, en buena medida, fuera de México. Aquí se fabrican con una calidad extraordinaria; sin embargo, el conocimiento central y el control del producto pertenecen a las empresas que los desarrollaron.

Esto no es una crítica a las armadoras internacionales. Su presencia ha sido fundamental para el crecimiento de nuestra industria. Han generado empleos, han formado talento y han impulsado una cadena de suministro muy sólida. México no tendría la posición automotriz que hoy tiene sin esa inversión.

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Lo que me pregunto es qué debemos hacer con todo lo que ya aprendimos.

Cuando comenzamos Zacua, en 2017, queríamos desarrollar un vehículo eléctrico mexicano. Hoy reconozco que entonces no alcanzaba a dimensionar todo lo que implicaba aquel atrevimiento ni la enorme diferencia entre fabricar un producto diseñado por alguien más y asumir la responsabilidad completa de desarrollar uno propio.

Desarrollar un vehículo implica integrar tecnologías, trabajar con proveedores, resolver problemas de ingeniería, validar componentes, realizar prototipos, cumplir regulaciones, preparar una operación industrial y construir una marca. También implica aprender a comercializar, dar servicio y responder por cada decisión tomada durante el proceso.

Nosotros tuvimos que aprender muchas de esas cosas mientras avanzábamos. Cometimos errores, encontramos limitaciones y entendimos que el desarrollo industrial requiere mucho más tiempo y capital de lo que suele imaginarse desde fuera. Sin embargo, también construimos conocimiento que hoy podemos aplicar en otros vehículos y proyectos.

Esa experiencia cambió mi manera de entender la industria mexicana

Durante mucho tiempo medimos nuestro éxito automotriz por el número de vehículos producidos y exportados. Es un indicador importante, pero ya no debería ser el único. También tendríamos que observar cuánta ingeniería se desarrolla en México, qué propiedad intelectual se genera, cuántos proveedores nacionales participan en las partes de mayor valor y cuántas empresas mexicanas tienen capacidad para tomar decisiones sobre el producto.

Cuando hablo de crear desde México, tampoco estoy proponiendo que fabriquemos aquí cada tornillo o que nos aislemos de las cadenas globales. Ningún automóvil moderno pertenece completamente a un solo país. Sus componentes, tecnologías y materiales provienen de distintos lugares.

La verdadera capacidad industrial consiste en comprender el producto completo. Significa saber qué podemos desarrollar, qué debemos comprar, qué necesitamos adaptar y con quién nos conviene colaborar. También significa tener suficiente conocimiento para negociar una alianza sin depender completamente de la otra parte.

En varias conversaciones internacionales he confirmado que México es visto como un país confiable para manufacturar. Eso es una enorme ventaja. Ahora necesitamos conseguir que también sea visto como un socio capaz de diseñar, desarrollar, adaptar e industrializar productos para diferentes mercados.

Para lograrlo, necesitamos algo más que talento. El talento ya existe. Nos hace falta un entorno que acompañe a quienes deciden asumir el riesgo de crear tecnología y productos industriales.

Necesitamos capital flexible que comprenda que desarrollar un vehículo, una plataforma o un componente tecnológico no ofrece resultados inmediatos. También necesitamos una relación más cercana entre empresas, universidades y centros de investigación; programas que ayuden a los proveedores mexicanos a certificarse y crecer, y compradores iniciales dispuestos a probar soluciones desarrolladas en el país.

Uno de los problemas que he observado es que solemos celebrar la innovación cuando ya ha tenido éxito, pero nos cuesta demasiado acompañarla durante su etapa más frágil. Queremos empresas tecnológicas mexicanas, aunque muchas veces esperamos que nazcan con el producto terminado, el mercado validado y la rentabilidad asegurada. En la industria, esa expectativa es poco realista.

También necesitamos continuidad. Los proyectos industriales toman años y no pueden depender de programas que cambian con cada administración. Si México quiere generar tecnología automotriz propia, debe construir una visión que sobreviva a los ciclos políticos y que conecte la educación, la inversión, la infraestructura y la política industrial.

Nada de esto implica cerrar la puerta a la inversión extranjera. Al contrario, México debe seguir atrayéndola y aprovechar mejor las alianzas internacionales. Podemos colaborar con empresas de China, Estados Unidos, Europa y otros mercados, pero procurando que esas colaboraciones también contribuyan a formar ingenieros, desarrollar proveedores y dejar conocimiento en el país.

Después de casi una década trabajando en torno a Zacua, no creo que México necesite demostrar que puede fabricar automóviles. Esa parte ya está más que probada. El desafío ahora es convertir la experiencia acumulada en capacidad de desarrollo.

Zacua ha sido para mí una forma muy concreta de entenderlo. Comenzamos tratando de construir un automóvil eléctrico y terminamos aprendiendo sobre ingeniería, integración, electrónica, proveeduría, manufactura y comercialización. El vehículo era el producto visible; sin embargo, el conocimiento generado durante el proceso se convirtió en uno de nuestros activos más importantes.

Por eso, la próxima vez que hablemos del éxito de la industria automotriz mexicana, además de contar cuántos vehículos producimos, deberíamos preguntarnos cuánto conocimiento estamos generando y qué decisiones podemos tomar desde aquí.

México ya aprendió a fabricar para el mundo. La siguiente etapa consiste en desarrollar más productos, tecnología y empresas desde México, en colaboración con el mundo.

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