CDMX a 17 de junio de 2026
Estoy viviendo el Mundial un tanto obligada, porque vivo cerca de uno de los estadios y es imposible esquivar todo lo que se mueve alrededor. La pasión, la fiesta, el tráfico, los cánticos, las camisetas, la emoción colectiva, el orgullo nacional, la movilidad necesaria para trasladar a miles de personas, la derrama económica de los visitantes y esa energía casi inexplicable que aparece cuando un país entero siente que su bandera entra a la cancha.
Así que, en estos días de Mundial, me resulta imposible no pensar en lo que significa ver a un país representado frente al mundo. Un equipo nacional no aparece de la nada. Detrás de once jugadores hay años de formación, infraestructura, entrenadores, ligas, visores, inversión, disciplina, patrocinadores, afición y una idea muy poderosa: salir a competir con el nombre de un país en el pecho.
Y entonces, adicta como soy a las preguntas incómodas, me hice una que no pude soltar: si existiera un Mundial de la Electromovilidad, ¿México tendría selección propia para salir a competir?
No hablo de comprar boletos para ir a ver el partido. Tampoco de llevar la camiseta de otro país. Hablo de tener una selección propia. De llegar con vehículos, tecnología, proveeduría, baterías, software, infraestructura de carga, financiamiento, talento técnico, marcas nacionales y una política industrial que nos permita competir.
Porque México tiene jugadores, pero todavía no ha construido su selección nacional de electromovilidad.
Y eso debería preocuparnos.
México sí tiene talento. Tiene ingenieros, técnicos, empresarios, plantas, experiencia automotriz, capacidad manufacturera y una posición geográfica privilegiada. Tiene también una historia industrial que muchos países envidiarían. Pero una cosa es tener buenos jugadores regados por distintas canchas y otra muy distinta es tener una selección nacional preparada para disputar el campeonato de las industrias del futuro.
Desde nuestra experiencia con Zacua, la primera marca mexicana de autos eléctricos, he podido ver de cerca ambas cosas: el tamaño del talento que existe en México y el tamaño del sistema que todavía nos falta construir. Casos como este muestran que el país puede pisar esa cancha. No solo como espectador, no solo como maquilador, no solo como mercado, sino como creador de tecnología, marca, capacidades productivas y aprendizaje industrial propio.

Pero también muestran algo más: ningún equipo gana un Mundial solo con talento.
Para competir se necesita sistema.
Se necesita financiamiento productivo, desarrollo de proveedores, compras públicas estratégicas, infraestructura de carga, homologación proporcional, formación de talento, incentivos al contenido nacional y una visión de largo plazo. Comenzando porque la política industrial deje de ser discurso de palco y se convierta en entrenamiento diario, en cancha disponible, en reglas claras, en cuerpo técnico, en estrategia y en acompañamiento real.
Hoy México participa en la industria automotriz global, sí. Pero muchas veces juega como sede, como maquilador, como mercado, como proveedor parcial o como consumidor de tecnologías diseñadas en otro lugar. Es como tener estadio lleno, gran afición y talento en las fuerzas básicas, pero dejar que otros armen la alineación, diseñen la estrategia y levanten la copa.
La pregunta es si queremos seguir viendo el partido desde la tribuna o si queremos formar una selección propia para las industrias del futuro.
2026: el año en que la electromovilidad deja de ser promesa
Los gobiernos podrían ser parte de ese primer partido. Podrían impulsar flotas eléctricas mexicanas, vehículos municipales, patrullas, unidades de última milla, transporte turístico o proyectos piloto estatales. No como favor a una empresa, sino como estrategia nacional: usar el poder de compra del Estado para abrir mercado, validar tecnología mexicana y fortalecer capacidades productivas.
En el futbol, ningún país espera ganar un Mundial sin invertir en sus fuerzas básicas. En la industria pasa lo mismo. Si no formamos proveedores, si no financiamos innovación, si no compramos tecnología nacional, si no desarrollamos infraestructura y si no protegemos nuestros aprendizajes productivos, difícilmente podremos competir cuando el mundo reparta los lugares en la nueva economía eléctrica.
Tal vez todavía no lo hemos entendido del todo, pero el campeonato ya empezó. Y lo que viene no se jugará solamente en estadios. Se jugará en plantas, laboratorios, centros de ingeniería, universidades, cadenas de suministro, corredores logísticos, ciudades inteligentes y decisiones de política pública. Ahí, en esas canchas menos visibles, se está definiendo qué países serán protagonistas del futuro y cuáles se quedarán mirando desde la tribuna.
Zacua es apenas una parte de una conversación mucho más grande. Una conversación sobre el país que queremos ser frente a la nueva economía eléctrica. Sobre si queremos limitarnos a consumir tecnología o si queremos atrevernos a desarrollarla. Sobre si queremos importar el futuro o construir una parte de él desde casa.
La pregunta, entonces, queda abierta para México: ¿queremos tener selección propia en electromovilidad o nos vamos a conformar con aplaudir los goles ajenos?
Porque si el futuro fuera un Mundial, México no debería limitarse a ser anfitrión.
Tampoco debería conformarse con llenar la tribuna.
México debería salir a jugar. Y tendría que salir a ganar.


