CDMX a 10 de febrero de 2026
Como los hijos de antes, en mi casa todos llegamos seguiditos, separados apenas por un año de existencia. Así crecí entre dos gigantes, literal. Abraham, el mayor; yo, la segunda; y Sue, la tercera. Año tras año, nacimiento tras nacimiento. Ellos dos enormes en estatura. Yo, mucho más baja y flaca como una espiguilla. Después vendrían otros dos. Uno de ellos, el pilón.
Y como pasa en todas las familias, aunque salgamos de la misma mata —la misma madre—, los hijos nunca somos iguales. No solo en personalidad: también en sueños, en ambiciones, en la forma de caminar la vida.
En mi casa no fue distinto. Crecí entre esos dos gigantes. Las peleas y el bullying estaban buenos; yo soy de esos barrios donde el bullying no se llamaba bullying, sino convivencia y era ese pegamento social que nos dotaba de identidad. Sobra decir; que entre estos gigantes cuando tocaba conciliar con los puños, siempre perdía. Tal vez por eso tuve que volverme buena con las palabras, con la persuasión y, en algunos casos, hasta con la manipulación. Era eso o morir entre las patas de los caballos.
Con los años, los intereses personales nos fueron moldeando y separando caminos. Mi hermano mayor anda y anda, y la verdad casi nunca sé en qué anda. Yo, desde pequeña, decidí ser empresaria y, cuando menos, un huracán categoría cuatro. Siempre haciendo, corriendo, volando, sin dormir. Pareciera que hago mucho; a veces dudo si voy bien o si he logrado todo lo que ambicionaba, porque cada vez que alcanzo algo ya hay tres proyectos más esperando turno. Me veo como Flash: a toda velocidad, siempre.
Pero mi hermana… mi hermana es otra cosa.
La gigante Sue.
Ella es mi opuesto. Callada, apacible, discreta. Tan callada que habló hasta los cinco años; le decíamos “la mudita”. Tal vez por eso, fue siempre observadora, firme, constante.
Mientras yo ostento el récord como la más hiperactiva y bulleada de la familia; Sue simplemente estaba ahí, creciendo en silencio.

Hace poco fui a Monterrey. Sue fue con mi mamá al aeropuerto por mí. Llegó en su coche, uno que ella misma compró. Me dio muchísimo gusto. Días después, en conversaciones en otras latitudes del mundo, volvió a surgir su nombre. Recordé entonces que ya terminó de pagar su casa, que podría jubilarse si quisiera porque empezó a trabajar desde los quince años. Recién pasó los cuarenta y ya tiene asegurados esos básicos que muchos persiguen toda la vida. Y todo; siendo cuidadora además de nuestra madre.
Y entonces alguien dijo la frase que lo explicó todo: Sue es como la gota de agua.
En alusión a ese viejo proverbio que dice: “La gota de agua horada la piedra, no por su fuerza, sino por su constancia”. Destacando que la persistencia y la paciencia logran metas difíciles, superando obstáculos grandes con pequeños esfuerzos repetidos. Es una metáfora de disciplina, tenacidad y trabajo continuo.
La conversación incómoda que México ya no puede postergar
Así es la gigante Sue. Alta, firme, caminando despacio. Hablando poco. Logrando mucho. Pasito a pasito ha construido su vida, alcanzando temprano lo esencial: casa, estabilidad, tranquilidad. Sin prisa. Sin ruido.
Y su mérito se vuelve aún más extraordinario si se considera que desde casi la adolescencia cargó con enfermedades de esas que merman la fuerza física. Así que con menos energía que muchos, logró más que la mayoría. Alejándose de la épica y aferrándose a la constancia.
Esta columna no es una comparación. Es un recordatorio. Vivimos en un mundo que glorifica la velocidad, el estruendo y la hazaña visible, y en esta misma realidad hay también vidas que se construyen como el agua: sin espectáculo, sin titulares, pero con una fuerza capaz de horadar la piedra.
No debemos invisibilizarlas o minimizarlas, sino aprender de ellas. Inspirarnos en los Gigantes como Sue.
Me hace reflexionar sobre mí misma… ¿En serio hace falta tanta velocidad?


