Sobra decir que amo el workaholismo.
Y también sobra aclarar algo: no lo romantizo. Lo he usado conscientemente, por tramos de tiempo, como una herramienta para generar destino. No como estado permanente, sino como decisión.
En ese camino elegido me he topado muchas veces con preguntas incómodas. De esas que te lanzan como si fueran reproche disfrazado de preocupación:
“¿Para qué te esfuerzas tanto si no tienes jefe?”
“No tienes llenadera.”
Este año, además, decidí meterle turbo
Nazareth Black
Después de un inicio de año particularmente intenso, ayer traía esa adrenalina que me empujaba a seguir aún cuando no dormí, llevaba horas de carretera encima y todavía me esperaban varias juntas un viernes. Viernes chilango, cuando buena parte de la ciudad baja el ritmo y decide relajarse.
Mientras ordenaba mentalmente los pendientes que debíamos dejar resueltos en la oficina para la siguiente semana, se me cruzó una frase inmortal:
“Dios ha muerto.”
Y casi de inmediato apareció su traducción natural a nuestra realidad profesional:
“El jefe ha muerto.”
Nietzsche —tan citado como malentendido— no estaba diciendo que ya no hiciera falta orden. Decía algo mucho más incómodo: que el superhombre no necesitaba una autoridad externa que lo guiara, lo motivara o lo castigara, porque era capaz de gobernarse a sí mismo.

Dentro de este concepto hay una idea que se transformó hace muchos años en uno de los pilares de mi vida: la responsabilidad, no como un valor accesorio, sino como la herramienta central en la construcción del ser.
Y por eso lo digo sin rodeos: el jefe, tal como lo hemos entendido durante décadas, debe morir.
Durante mucho tiempo, la vida profesional giró alrededor de esa figura. El jefe no solo representaba jerarquía funcional; también era una fuente de sentido. Definía prioridades, validaba decisiones y nos ofrecía una narrativa relativamente estable de progreso. Marcaba el marco dentro del cual podíamos pensar, actuar y aspirar.
Ese modelo está llegando a su fin.
No porque ya no existan puestos directivos, sino porque el jefe omnisciente —el que sabía hacia dónde iba la empresa, la industria y tu carrera— ya no existe. Vivimos en un entorno complejo, con cambios tecnológicos acelerados y formas de trabajo fragmentadas. Nunca habíamos tenido tanta posibilidad de autonomía profesional como ahora.
Y, sin embargo, nunca habíamos estado tan ansiosos.
El mundo está cambiando; siempre lo ha hecho. Pero hay momentos en la historia en los que el cambio no es gradual, sino un salto. Hoy nos encontramos en medio de una transición profunda, marcada por un reacomodo geopolítico global cuyos efectos atraviesan economías, industrias y formas de vida. Lo que no avanza al mismo ritmo es una parte importante del capital humano: muchos profesionales en activo fueron formados para obedecer, no para gobernarse. El resultado es una cantidad creciente de personas con burnout y ansiedad, operando muy por debajo de su verdadero potencial.
Eso genera frustración en todos lados. En las personas, que se sienten agotadas y perdidas. Y en las empresas, que siguen teniendo que sostener la figura del “guardián” para que las cosas pasen.
Cuando hablo de ansiedad no me refiero a la que viene del exceso de control. Hablo de una más profunda: la que nace de no tener dirección interna. La que aparece cuando no sabes auto-liderarte.

Y entonces la pregunta aparece, aunque incomode:
¿Necesito un jefe?
¿O soy capaz de cumplir mi parte del trato sin que me dirijan, me vigilen, me prometan esperanza o me castiguen cuando no cumplo?
Nietzsche hablaba de la muerte de Dios como la caída de una autoridad absoluta que organizaba valores y sentido. Algo muy parecido pasa hoy en lo profesional. El Estado ya no puede generar empleo para todos, el autoempleo se volvió el destino para millones y ya no existen carreras lineales garantizadas ni manuales definitivos.
Eso nos dio algo que antes no teníamos: libertad.
El problema es que no estábamos preparados para ella.
Ante la ausencia de órdenes claras, muchos llenan el espacio con hiperactividad confundiendo movimiento con avance. Persiguen métricas, títulos o reconocimientos como sustitutos de identidad. El resultado no es realización, es agotamiento.
Ayer me preguntaron en un podcast: “¿Quién es Nazareth Black?”.
Nazareth Black
Y mi respuesta es la de siempre: soy un buen ser humano. Soy libre. Y, quizá lo más importante, he aprendido a usar esa libertad con responsabilidad.
Y aquí está el punto central:
La ansiedad profesional no es un fallo personal; es el síntoma de una libertad mal gestionada.
Más ingenieras, por favor
No habla de debilidad, sino de transición. Nos dice que el modelo anterior ya no funciona, pero que el nuevo todavía no ha sido construido. El error no está en sentir ansiedad, sino en tratar de anestesiarla con más ruido, más trabajo o más dependencia externa.
En este contexto, reinventarse se volvió una palabra omnipresente. Pero muchas veces la escucho desde el victimismo: “me reinvento porque el sistema me falló”, “porque no me valoraron”, “porque me empujaron fuera”. Es comprensible, sí. Pero no transforma.
La reinvención que realmente mueve algo ocurre cuando decides dejar de habitar versiones que ya no te representan, sin buscar un culpable afuera.
Reinventarse sin victimismo implica aceptar que siempre hubo margen de elección. Que incluso dentro de sistemas imperfectos tomamos decisiones. La libertad empieza cuando dejamos de contarnos solo desde lo que nos hicieron y empezamos a responder por lo que elegimos.
Aquí entra una idea incómoda, pero necesaria: amar la dificultad del propio camino. El amor fati no es resignación; es apropiación. No es romantizar la adversidad, es dejar de fantasear con trayectorias ideales y empezar a habitar con seriedad el camino diario. Eso es lo que forma carácter.
Muchos profesionales critican el sistema que habitan, pero lo eligen todos los días. Se quedan por estatus, por seguridad o por miedo al vacío. Criticar es válido; quedarse culpando al sistema de todo es una forma elegante de no moverse
Asumir costos y riesgos es lo que eleva.
Nazareth Black
Si eliges quedarte, asume el costo. Si eliges irte, asume el riesgo.
Lo único intelectualmente deshonesto es quedarse sin hacerse cargo.
La muerte del jefe no es una tragedia; es un umbral. Es el paso de una vida profesional infantil —basada en la obediencia y la validación— a una vida profesional adulta, basada en decisión y responsabilidad. Ese liderazgo no siempre significa dirigir personas. Significa algo más difícil: dirigirte a ti.
Porque cuando el jefe muere, la pregunta deja de ser quién manda y se vuelve inevitablemente más incómoda:
¿Quién eres tú cuando nadie te dirige?


