No quiero ser la única. El peligro del tokenismo femenino

El tokenismo es simulación: Por qué las organizaciones eligen exhibir a una mujer en lugar de democratizar el poder y las oportunidades para todas.
1 junio, 2025
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No quiero ser la única. El peligro del tokenismo femenino
No quiero ser la única. El peligro del tokenismo femenino

CDMX a 1 de junio de 2025

“Eres la única mujer en este foro. Felicidades.”

He escuchado esa frase más de lo que hubiera deseado. Me la dicen con una sonrisa, como si fuera una medalla.
Yo también sonrío… pero por dentro, algo duele.

Mis tardes favoritas de los viernes, desde hace ya un tiempo, son tranquilas. Trato de regresar de los viajes los jueves para amanecer el viernes en mi cama. Me gusta quedarme en casa, disfrutar una copa de vino, poner música suave -últimamente el blues me tiene fascinada-, repasar mentalmente la semana y, entre sorbo y suspiro, sacudirme los dolores emocionales que me deja la industria automotriz y la electromovilidad.

Hoy, todavía con la camisa de rayas verdes que usé durante el día y descalza sobre el tapete, pretendí ingenuamente que podría limitarme a disfrutar mi copa. Pero mi mente no coopera fácilmente.

Recordé unas notas que leí hace unos días en El País, sobre las cosas que nuestras abuelas no podían hacer, y hoy, nosotras sí que podemos. Me conmovió y me indignó profundamente también. De hecho, la columna vale tanto la pena que mejor la comparto con ustedes: “Cinco cosas que tu abuela no podía hacer y tú sí, mujer.”

Y claro, mientras saboreaba mi tinto elegido de la semana, un español de la Ribera del Duero, las palabras de esa columna volvieron a mí. Luego, como suele pasar con los pensamientos que se encadenan, una idea llevó a la otra… y terminé reflexionando, una vez más, sobre lo que significa ser mujer en nuestra modernidad y ser “la única” en la mesa.

¿Desde cuándo estar sola es motivo de celebración? ¿Por qué en pleno Siglo XXI sigue siendo normal que nos pongan en un pedestal para exhibirnos, pero no para replicarnos? ¿Por qué seguimos considerando el tener a una mujer en la cima como señal de avance, aunque abajo todo siga igual?

Durante años me han aplaudido por ser en mi industria “la primera”, “la única” -me dicen a veces- “la que rompió el molde”. Aunque a diario procuro enseñarme a sentir orgullo por cada paso que he dado, sé, desde el primer día, que ser la excepción no es suficiente. De hecho, puede ser parte del problema.

El problema que quiero exhibir es “el tokenismo”. El tokenismo disfrazado de triunfo.

En un mundo que quiere verse moderno, muchas organizaciones -conscientes de que van tarde al deber ser- se apresuran a mostrar diversidad; nombran directora a una mujer, invitan a una panelista en sus eventos o colocan una figura femenina en sus campañas de liderazgo inclusivo: “¡Hey, miren! Estamos cambiando, aquí tenemos una mujer”.

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Cuando esto ocurre, no puedo evitar pensar en las mujeres barbudas de los antiguos circos exhibidas como rarezas, no como referentes. Porque se vuelve innegable que, cuando somos puestas en escena como excepción, no hay inclusión… hay espectáculo.

No queridos. Lo que eso significa es que saben cómo hacer que parezca que están cambiando, pero no están dispuestos a transformar nada en serio.

Ya había escuchado la palabra, claro. Pero en estos temas -como en los legales- es necesario apegarse primero al significado literal, sin adornos ni interpretaciones acomodaticias. El tokenismo es la práctica de incluir a personas de grupos subrepresentados solo para dar la apariencia de inclusión, sin que esto conlleve un cambio real en el poder o las estructuras.

El tokenismo femenino es entonces una forma sofisticada de simulación. Se elige a una -o a unas pocas- para aparentar apertura, sin modificar los sistemas que siguen privilegiando a los hombres. Es incluir para disimular, no como muestra del arribo genuino de ellas al poder.

Y lo más grave es que el tokenismo se presenta como un triunfo; como si fuera un premio, cuando en el fondo es una trampa. Porque, como mujer, cuando te conviertes en “la única”, no solo cargas con tu rol, sino con la expectativa de representarlas a todas.

En mis conferencias suelo decir que las mujeres llevamos nuestro género entero en la espalda. Si fallamos, el juicio es colectivo. Sé muy bien que cuando cometo un error, se me juzga por mi género antes que por mi lapsus brutus; y sé que éste, además, se pluraliza con frases como: “las mujeres no saben liderar”, “por eso no contratamos mujeres”, “ellas no aguantan la presión”.

El precio que he pagado por ser “la única” es alto, irritante y frustrante. Ser la única mujer en una sala muchas veces ha significado hablar con más cuidado, justificar mis decisiones más que mis colegas bajo una suerte de meritocracia hasta demostrar constantemente que merezco estar ahí.

También ha significado estar más expuesta a críticas, tener menos redes de apoyo y, sobre todo, convivir con una soledad institucionalizada. No lo había pensado hasta ahora que escribo estas líneas, pero me preocupa imaginar que, tal vez, esto sirva incluso como abono para que muchas mujeres exitosas suframos de síndrome de impostor.

El resultado existencial de pagar el precio por ser “la única” es una forma de aislamiento no siempre visible, pero se siente dentro y profundo, y que además normaliza la peligrosa idea de que basta con que una mujer suba al escenario para declarar resuelto el problema de la desigualdad.

Abajo la falacia: Las excepciones no cambian el sistema

Durante años se nos ha vendido la narrativa del mérito individual: “Si ella pudo, tú también puedes.”

Y aunque soy creyente del “si se puede” -porque yo siempre puedo- tomaré prestado un fragmento de una frase de Benedetti: “…porque yo siempre puedo, siempre pude, y siempre podré“, sé también que este discurso puede ser profundamente dañino al borrar las diferencias estructurales invisibilizando con ello la violencia sistémica y las barreras culturales que impiden que muchas mujeres siquiera se acerquen a la línea de salida.

El feminismo en lo profesional no se trata de coronar reinas, sino de democratizar el acceso al poder, a los recursos y a las decisiones.

Tener a una mujer en el Consejo Directivo no es progreso si esa empresa mantiene una cultura laboral machista fácilmente notable en las brechas salariales o la falta de condiciones reales de conciliación entre vida y trabajo.

La escala hacia la cima no sirve si solo llega una. Servirá solamente si logramos convertirla en una plataforma para que lleguen muchas más.

No quiero ser la única

Esta semana estuve como invitada en un evento de Excelsior (un importante diario de circulación nacional) para reconocer a 20 mujeres que inspiran mujeres. Me invitó Súper Perla, de grupo Bolder, y me llevé la sorpresa de conocer a algunas de las galardonadas; entre ellas la gran Giselle Perezblas a quién me encanta escuchar cuando habla con tanta fuerza y claridad sobre sororidad, ¡Urgente darle más micrófono a esta mujer! Me sentí muy orgullosa de todas las galardonadas. Necesitamos más espacios donde se visibilice el liderazgo que piensa en colectivo y que impulsa a otras. La inspiración también se construye en comunidad.

Reflexionando sobre cómo avanzar, me convenzo de que hay que romper con el individualismo y pensar en comunidad; transformar liderazgos individuales en liderazgos colectivos. Necesitamos mujeres que no quieran ser una gota excepcional, sino parte de la ola. Que comprendan que la sororidad no es un gesto simbólico, sino una estrategia política y social. Que la mentoría entre mujeres es fundamental; lo que una aprendió con dolor, que otra lo aprenda con acompañamiento.

Debemos exigir que las organizaciones se redefinan con perspectiva de género estructural. Y acompañarlas, si es necesario, en el rediseño de sus procesos de reclutamiento, promoción y liderazgo. No para que cumplan cuotas, sino para que cuestionen y redistribuyan el poder.

Y sobre todo, tenemos que contar más historias de mujeres que llegaron y trajeron a otras consigo. Narrativas que premian la soledad deben ser reemplazadas por hábitos de sororidad genuina.

Hay otro peligro. Si seguimos confundiendo visibilidad con equidad, vamos a perpetuar la gran mentira de que vamos avanzando. Y lo que es peor, muchas mujeres seguirán creyendo que si no logran llegar solas, es porque no son lo suficientemente buenas.

Esa culpa es primordialmente del sistema, sí; pero vale la pena reflexionar si no hay una parte nuestra.

Por eso lo repito con fuerza:

No quiero ser la única.

No quiero ser la única mujer en un consejo.

Ni en la línea de producción.

Ni en la negociación.

Ni en la conferencia ni en la portada.

Quiero estar con muchas más.

Con mujeres diversas, fuertes, incómodas, alegres, sabias, jóvenes, mayores, técnicas, creativas, combativas.

Porque el verdadero poder no está en tener una silla por más ornamentos que la acompañen.

Está en rediseñar el mobiliario todo.

Nazareth Black

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