CDMX a 20 de junio de 2025
“¡Si uno conociera lo que tiene, con tanta claridad como conoce lo que le falta!”
El dolor encajado en la espalda late haciéndome sentir que hoy la batalla será intensa. Se suma al agobio propio de las malas rachas, esas que parecen una constante en la vida de quienes emprendemos. No se superan del todo; se aprende a convivir con ellas, a domesticarlas con buena actitud, a hacerlas parte de la mesa como aliadas involuntarias.
Hoy es un día de esos. Gris tirando a titanio.
Hay evento. Llevo semanas viajando, comiendo mal, durmiendo a medias, sobreviviendo a aeropuertos, mientras una montaña de pendientes me acosa incluso en sueños.
Me levanté temprano, como siempre, con la intención de correr para aligerar la mente. Pero el tiempo se me fue entre tareas de casa. Ya había perdido 3 horas antes de darme cuenta. Me senté a revisar un documento antes de salir al evento… y el dolor de esa lesión añeja arreció. Pude ver mi propio rictus de dolor reflejado en la pantalla. El cuerpo me sentenciaba que hoy caminaría a marcha forzada. Y la mente, astuta como siempre, me susurró tentaciones:
— No vayas. No tienes jefe. Nadie te va a reclamar. Quédate.
El café al lado izquierdo del monitor de mi computador me miró, como avisándome que se enfriaría pronto si no lo bebía. Y entonces, recordé mi compromiso personal:
Vivir y actuar desde mis fortalezas, desde mis privilegios, desde lo que sí tengo.
Tomé la taza caliente entre las manos. Cerré los ojos. Respiré profundo un par de veces. Y comencé a agradecer lo que puedo disfrutar por mis sentidos:
Gracias por mis ojos, que pueden ver la espuma del café. La espuma era hermosa.
Gracias por mis manos, que sostienen la taza. Mis manos son fuertes y han sostenido mucho, son sostén.
Gracias por mi sentido del tacto, que siente su calor. Me inundó su calidez.
Gracias por mi olfato, que percibe su aroma. El aroma de un café puede doblegar hasta el alma más turbada. Lo sé.
Gracias por mi gusto, que disfruta cada sorbo. Una clase de esperanza solo puede absorberse a través de un buen café.
Agradecí también por la abundancia y el privilegio de que en mi casa se muele el grano al instante, cada día para disfrutarlo fresco cada mañana, por el amor con que fue preparado para mi…Si, soy tan privilegiada que una pareja amorosa siempre me hace mi cafecito.
Y algo cambió.
El agobio se deshizo, como si la energía del agradecimiento hubiera abierto una ventana.
Dicen que ser agradecido lo cambia todo. Y es verdad.
Quise compartir esta experiencia y reflexión con ustedes.
Vivimos en una cultura entrenada para la carencia. Desde pequeños nos enseñan a mirar lo que nos falta: el reconocimiento que no llega, el cuerpo que no encaja, el negocio o la inversión que no se concreta. Ver lo negativo se vuelve conducta automática. Pero, ¿y si aplicáramos esa misma claridad a reconocer lo que sí tenemos?
Aprende a elegir tus batallas: hoy dejé ganar a mi insomnio
No hablo de conformismo. Hablo de conciencia.
Aprendamos a ver de forma distinta. Redefinamos el significado de “Poder”.
Porque el verdadero poder no siempre llega envuelto en grandes anuncios. Esta presente en nuestras vidas, en forma de la red de personas a tu alrededor que te sostiene, un equipo que cree en ti y te sigue, esa chispa que no se apaga sin importar los vientos de la vida. Ahí está nuestro verdadero patrimonio: en las cosas que ya damos por sentadas, incluso en las pequeñas como el gran privilegio de una taza de café.
Yo también he sentido la tentación del “no es suficiente todavía”. Pero cuando regreso a ver lo que sí tengo —proyectos, creatividad ilimitada, un equipo que innova con amor, comunidades que me abren sus puertas— me doy cuenta de que no se trata de tener más. Se trata de ver mejor.
Reconocer los privilegios presentes, incluyendo los que nos habitan no es poca cosa, es un acto de amor propio.
He aprendido a que solo cuando reconozco mi fuerza, puedo usarla con dirección.
Solo si honro lo que tengo, puedo avanzar sin perderme en la ansiedad de la escasez.
Hace tiempo decidí vivir desde ahí. Desde la gratitud y no desde la exigencia. Desde la abundancia, no desde el vacío.
Así que quiero invitarte a ti, que me lees, a hacer un ejercicio que hago cada que siento que se me cae el cielo encima:
«Me apagué un poco, pero me volví a encender, porque yo siempre puedo, siempre pude y siempre podré.»
Estoy por terminar mi taza de café. Me voy al evento. Con toda la actitud. Sé que será un gran día.
Abrazo.


