CDMX a 2 de febrero de 2026
“Hasta el queque”, decíamos en la facultad —para no maldecir— cuando algo nos llevaba a un punto elevado de fastidio.
“Hasta el gorro” es otra variante, esa que mi mamá sigue usando conmigo como si el tiempo no hubiera pasado.
Mentalidad de tiburón. Esa que bien podríamos empezar a catalogar como un síndrome moderno, ampliamente extendido, que empuja a monetizar todo lo que ocurre en una vida bastante normalona.
Todo. Sin excepción.
Alguien alguna vez me hizo reflexionar acerca de que en la vida, nada ocurre solo. Todo se da en coctelito, como una mezcla de factores que se potencian entre sí.
Usando esa lógica, la mente de tiburón suele venir acompañada de un “tantito” —o un “muchito”— de narcisismo. El suficiente para hacerle creer al individuo que su vida es extraordinariamente interesante y que no basta con compartirla: también hay que monetizarla.

Las redes sociales, por supuesto, ofrecen el espacio perfecto para este fenómeno. A veces me recuerdan a un hospital psiquiátrico con jardines enormes, donde los pacientes corren libremente mientras uno escucha al clásico Napoleón, con complejo de grandeza, gritarle a otros locos; al miedoso escondido en la esquina; al iluminado; al profeta.
Una reflexión sobre la humanidad digital
Solo que ahora ese jardín es digital.
A mí, lo que me tiene hasta el queque es la mente de tiburón
Ahí están los “Llados”: tipos que se meten en agua helada, hacen burpees al amanecer y convierten ese ritual en el preámbulo obligatorio para “salir a conquistar el mundo”.
También están los psicólogos de redes, empeñados en etiquetar cada emoción humana como una afectación clínica real; y sus codependientes contrapartes: los autodiagnosticados; que se asumen por ejemplo como neurodivergentes solo porque algo les resonó en un video de 30 segundos.

Están, cómo no, los ya tradicionales vende humos, ofreciendo cursos para volverte millonario, siempre con el mismo fondo: un Lambo, una casa con piscina y la promesa de que, si no lo lograste, es porque no lo deseaste lo suficiente.
Perdedores nos llamarían a quienes sí logramos tener piscina, -aunque sea en el condominio-… pero ahora no tenemos tiempo ni de usar a la muy maldita porque trabajamos como asnos pudiendo ser tiburones, como ellos.
El problema no es solo que crean que tienen mucho que decir.
El problema es que, además, quieren monetizarlo todo: sus ideas, sus traumas, sus rutinas, sus crisis, sus epifanías de domingo.
Todo parece tener que justificar su existencia convirtiéndose en podcast, libro, audiolibro, curso, retiro espiritual o algún objeto promocional de dudoso gusto; como las tazas serigrafiadas.
La sobreoferta de contenido —ahora además exacerbada por las facilidades que otorga la IA— ha convertido la conversación digital en un mercado saturado de Napoleones ruidosos, generadores de urgencia y portadores de fórmulas mágicas. Vaya; un mar de infames con mentalidad de tiburón.
Y francamente, todo eso…
me tiene hasta el queque.


