CDMX a 10 enero 2026
Leyendo una nota de El País que habla de ciertas acciones incipientes para “salvar a los más pequeños de las voraces redes sociales”, me quedé pensando: ¿y nosotros, los adultos, qué?
Mientras la discusión pública se concentra -con razón- en los efectos de las plataformas digitales sobre las generaciones de chamacos, hay un fenómeno paralelo, menos observado y casi nunca lamentado, que atraviesa de lleno a los adultos: la autopromoción continua como forma de existir en lo digital. Si en los jóvenes hablamos de presión y pérdida de inocencia, en los adultos el daño es otro que no parece daño: la erosión de la identidad y de la autenticidad.
Dejando fuera a los adultos que bailan en TikTok -eso merece una columna aparte-, la narrativa dominante en redes como LinkedIn es sorprendentemente homogénea: mostrar un yo exitoso, hiperproductivo, siempre ganador; potente en discurso, impecable en imagen. Y como el dios Algoritmo recompensa todo aquello que brilla, grita y genera reacción, no sorprende que muchos adultos -profesionales, emprendedores, creativos, líderes de opinión- terminen midiendo su valor personal en métricas y no en experiencias reales.

Aquí es donde aparece el doble impacto nocivo. Mientras en los menores el daño se manifiesta en el desarrollo afectivo y cognitivo, en los adultos ocurre una mutación más silenciosa e igual de peligrosa: la autoestima se vuelve transaccional. Valgo por lo que logro, por lo que aparento, por el reconocimiento externo. Una alienación profunda, disfrazada de ambición sana.
El adulto digital se vuelve adicto a la autopromoción. Deja de verla como herramienta y la transforma en algo mucho más perverso: el espejo mágico de la reina madrastra de Blancanieves. Un espejo deformante que confirma tu valor solo si te dice que eres el más hermoso… porque acumulaste likes.
Este fenómeno no es superficial. Es cosa seria. Tiene efectos concretos en cómo construimos comunidad, cómo tomamos decisiones y cómo nos relacionamos. La cultura de la autopromoción impulsa, por ejemplo, competencia disfrazada de colaboración: en cada post, cada video, cada “logro compartido”, se filtra la necesidad de demostrar superioridad, incluso cuando el discurso habla de apoyo, empatía o comunidad.
“El jefe ha muerto”
A esto se suman las narrativas hiperoptimistas y, quizá el ejemplo más claro, las economías centradas en la marca personal. Hoy muchos adultos ya no venden productos ni servicios, venden una versión de sí mismos empaquetada en hashtags y estrategias de engagement. Y ojo: no está mal cuando es real. El problema es que muchos de estos perfiles se parecen peligrosamente a una bolsa de papitas: enorme, inflada, llamativa… y con tres papas en el fondo. Lo demás es aire. Y el aire, cuando engaña…

La reflexión crítica no deberíamos dirigirla a las plataformas -que al final son herramientas- sino a la cultura que hemos construido como adultos. ¿En serio queremos que nuestras interacciones digitales sigan siendo una vitrina de logros superficiales? ¿O podemos recuperar un uso de las redes donde la autopromoción sea un medio para comunicar ideas valiosas y no un fin en sí mismo?
Porque la autopromoción adulta no es, en sí misma, nociva. Puede amplificar proyectos legítimos, generar redes profesionales, democratizar voces. Pero solo tiene sentido cuando se ancla en autenticidad y propósito, no en la acumulación compulsiva de aprobación instantánea. El verdadero reto que tenemos enfrente es redefinir ese equilibrio.
Tal vez la respuesta esté en priorizar contenidos que educan, conectan y enriquecen, en lugar de aquellos que solo buscan impresionar. O en construir espacios digitales donde los adultos -como productores de cultura, no solo como consumidores de atención- compartan aprendizajes, errores y preguntas, no únicamente respuestas triunfales.
Porque si a los jóvenes algunos quieren liberarlos de un ecosistema adictivo, a los adultos la liberación nos pasa por otro lado: reconstruir identidades que no dependan del espejo pixelado del engagement. Solo entonces podremos aspirar a redes que fortalezcan comunidades reales, y no a una autopromoción perpetua, vacía y, en el fondo, tengo que decirlo: profundamente solitaria.


